Un yin-yang de cisnes

Updated: Apr 21, 2020


¿Odette u Odile? Éste es el eterno debate al que se enfrentan los balletómanos de pro cuando se dejan seducir por los encantos de “El lago de los cisnes” (1895), cuya cuarta y exitosa versión fue coreografiada al alimón por Marius Petipa y Lev Ivanov. Si el Príncipe Siegfried queda embaucado por los atributos de ambas, no es menos cierto que el público se muestra dividido y encandilado por ambos ánades. La gran peculiaridad de “El lago de los cisnes” es que tanto el Cisne Blanco (Odette) como el Cisne Negro (Odile), son representados por la misma bailarina. De hecho, el rol dual es toda una prueba de fuego para cualquier bailarina que desee consagrarse.

Como Odette (Cisne Blanco), la intérprete debe hacer gala de un extremo lirismo y sensibilidad. Es la encarnación de un espíritu condenado en un cuerpo de cisne y, a su vez, debe dar la apariencia de fragilidad y delicadeza. Así lo demuestra en el Acto II, en el pas de deux junto al Príncipe Siegfried. En el rol de Odile (Cisne Negro), la intérprete ha de poseer una gran destreza técnica que exhibe en el Acto III, con los famosos 32 fouettés de la coda del grand pas de deux. Además, su personaje debe ser enigmático, sugerente y con gran magnetismo, ése que hace que tanto el Príncipe Siegfried como la audiencia quede cautivado por ella. Por eso, la bailarina que interpreta a Odette/Odile ha de ser muy completa y versátil, para abordar con seguridad dos roles tan diferentes y con una exigencia técnica tan diversa. La brillantez de los pasos a dos de Odette (Cisne Blanco) y de Odile (Cisne Negro) hace que ambos fragmentos posean una presencia constante en cualquier gala de estrellas del ballet que se precie.